Una Bruja, Una Flor y Una Bota

Por: Giovanni Castaño
I
Desespero. La palabra perfecta para definir lo que hizo que Conrado Trujillo estuviera allí sentado, ansioso, con la mirada volando entre un cuadro aquí, una vela allá y esa cara indescifrable. Oculta tras los velos y la semioscuridad, la mujer, de voz gruesa y hablar lento, parecía lo que era: una bruja. Olía a tabaco y a incienso. Conrado sintió nauseas cuando ingresó a la sala, pero después y justo cuando pensaba abandonar el lugar, presa de un ataque de lucidez, ya se había acostumbrado al olor. Ahora las nauseas tenían otro origen: pánico. Conrado sudaba pero tenía frío. Quería correr pero estaba paralizado. Quería gritar pero una mudez súbita lo obligaba a callar. La mujer apretaba su mano con una fuerza que a él le pareció imposible. Le hablaba con autoridad, sin dudar y con ritmo, lento pero definido. La bruja mencionó cosas que nadie más, solo él, conocía. Un padre severo, una madre sumisa. Un maestro injusto, un amor de infancia evidentemente no correspondido. Conrado la miraba con sus ojos bien abiertos, sin parpadear, incrédulo, asombrado y, para satisfacción de la mujer, embrujado. Los velos dejaban ver la silueta de los ojos, unas cuencas hundidas y amoratadas, y una nariz borrosa, difusa, pero normal; lejos de aquella que él había imaginado con verrugas y de proporciones mágicas. Lo que sí pudo observar Conrado con claridad fue su boca. Los labios eran delgados, rojos pero sin maquillaje y con un tic que levantaba la comisura y dejaba ver un colmillo amarillento, montado sobre los otros dientes. El tamaño del canino a Conrado le pareció algo desproporcionado. Después de escuchar un discurso relacionado con su vida pasada, prueba magna de las habilidades de la bruja, Conrado se atrevió a hablar. -Yo… Se detuvo unos segundos para tragar saliva y aclarar su garganta. -Yo… Repitió, pero esta vez la pausa se originaba en la vergüenza. Las palabras que se agolpaban en su mente y se escurrían hacia su boca, en un deseo poderoso por salir, pero contenidas por el miedo y la razón, eran vergonzosas. -Yo… -Tú estás enamorado. Dijo ella, con una convicción que retumbó en la cabeza de Conrado y en las paredes de la sala. Él agradeció en silencio, liberado, que hubiera sido ella quien lo dijo. -Y ella, la joven del sombrero blanco, no te corresponde. Remató la mujer como si estuviera leyendo el pensamiento de aquel pobre hombre que había acudido buscando su ayuda. Conrado se limitó a asentir, convencido cada vez más de los poderes de aquel ser, ahora claramente sobrenatural. -Quieres conquistarla. Quieres que te ame. - Yo… -Quieres que te bese. Quieres que te lama. -Yo… -Quieres que se muera por ti. Quieres que te mire. -Yo… -La quieres para ti, la quieres tuya, la quieres. En este momento para él había una sola casa clara. Había pagado lo justo, la bruja era poderosa, hábil, impresionante. -Debes hacer lo que te mande. Solo eso la hará tuya. Dijo la mujer con tal autoridad que Conrado no volvió a abrir la boca. Su corazón latía tan de prisa que temió desmayarse. La imaginaba en su abrazo, en su pecho, en su lecho. Podía incluso olerla, fraccionando cada elemento de su fragancia y disfrutándolo en un éxtasis que nuevamente lo avergonzó. Abrió la boca para preguntar qué era, qué debía hacer. Hubiese hecho lo imposible, lo incontable, lo que fuera necesario. -Siete flores, solo siete. Debes darle siete flores. Entonces ella caerá en tus brazos sin dudarlo, rendida, dispuesta. -Yo… -Pero… Lo interrumpió la bruja. -Cada una debe ser una flor diferente. Siete flores diferentes en un solo ramo. Conrado se armó de valentía, respiró profundo, e ilusamente dispuesto a tomar las riendas de la conversación dejó escapar sus palabras con un tono de voz exageradamente alto: -Eso no es posible en esta época del año. Pudo sentir la mirada de la mujer penetrando en su mente. Percibió un aura intimidante y quiso, nuevamente, correr a la calle, huir. Los siguientes minutos fueron los peores. El silencio. La mujer lo observaba con su mirada punzante pero oculta y solo se oía la respiración de los dos y el sonido de una vela cuya llama ondeaba interrumpiéndolos. - Es tu designio. Siete flores diferentes en un solo ramo. Si no lo deseas, no lo hagas. Dijo ella como emitiendo una sentencia. – Si no lo logras en una semana, es mejor que te olvides de ella. - Lo haré, buena mujer. Dijo Conrado convencido de la bondad de la bruja y de su amor por la joven de sombrero blanco. Y fue entonces cuando retó al destino: - Daría la vida por ella.

II
El frío le calaba los huesos y aunque nunca nevaba Conrado sabía que faltaban meses antes de que las flores crecieran a granel y el campo se llenara de colores. Su única alternativa eran los jardines de las casas. Cuidados con dedicación y protegidos del clima inclemente, los jardines servían de refugio a algunas flores que nunca hubieran sobrevivido en el ambiente silvestre. Se imaginó a sí mismo tocando las puertas y explicando su dramática situación. Soñó a las viejas rezanderas abriéndole las puertas de sus casas y cortando, ellas mismas, cada flor para su misión. Pero cuando volvía a la realidad, entendía que nadie le ayudaría. La siguiente noche, dominada por el insomnio como era ya usual, tomó una decisión. Debía robarlas. En la mañana creyó tener la suerte de su lado. Una rosa y una margarita se le aparecieron a la vera del camino. La rosa aferrada a un barranco y la margarita, allí, tranquila en el prado, como si nada. Pensó en regresar a casa por un vaso con agua para conservarlas. Alcanzó a dar media vuelta, pero el pensamiento de volver y descubrir que ya hubiesen sido arrancadas por alguien más lo obligó a cortarlas sin espera. Con las dos flores en su mano comenzó a correr hacia el pueblo pero el viento agitaba con tal fuerza los pétalos que Conrado temió que las flores se deshojaran por completo. Amainó el paso y las protegió con la otra mano. Tres barbudos se burlaron de él cuando en el bar pidió agua. No le importó. Pagó, no solo por el agua sino también por el vaso, y se fue en medio de las carcajadas de los ebrios que lo señalaban y gritaban palabras ofensivas y sonoras. Faltan cinco, pensó Conrado. Debía esperar a que anocheciera. Se sentó en una acera y allí permaneció impávido ante las miradas curiosas de los transeúntes quienes no atinaban a comprender su celo con aquellas flores tan comunes. Conrado las miraba y las cubría, queriendo protegerlas incluso de las miradas ajenas. Cuando la noche cayó y la única actividad provenía del bar, donde las risas de los mismos beodos se le antojaban despreciables, Conrado sonrió. El bar cerró y los borrachos, en un abrazo descoordinado, se dirigieron calle arriba, alejándose de él. Sintió alivio por no tener que soportar sus burlas nuevamente. Y fue entonces cuando comenzó a ejecutar su plan. La casa del médico fue fácil. No había muros ni cercos y del jardín recortó un clavel y un tulipán. Los metió en el vaso y casi con júbilo contó las cuatro flores. Las contó cientos de veces: cuatro. La alegría se acumuló en su pecho. De pronto le pareció que todo sería posible, que la bruja tenía razón y que el amor estaba más cerca que nunca. El perro de las señoritas Giraldo no era grande, pero sus ladridos ahuyentaban a los intrusos más que un rifle cargado apuntando a la frente. Conrado sabía de aquel jardín por una razón simple: todos sabían de aquel jardín. Estas enjutas mujeres solo hacían dos cosas. Ir a misa tres veces al día y cuidar de sus flores. Cuando la voz persistente del detestable cuadrúpedo fue seguida de una luz que se encendió en la ventana del segundo piso, Conrado decidió caminar con paso acelerado hacia su propia casa. Debía regresar mejor preparado. La noche siguiente, sabiendo que sus cuatro flores reposaban ahora con agua suficiente y protegidas bajo su techo, regresó al pueblo. Dejó escapar una risilla al recordar la cara del carnicero cuando le pidió dos libras de lomo, fresco, blando, de la mejor calidad. El matarife se sorprendió pero luego una risotada continua lo acompañó mientras cortaba la media libra de carne con hueso y revejida que Conrado solía llevar. Lleno de orgullo y mostrando unos billetes arrugados pero numerosos él le hizo saber que su pedido era en serio: carne fresca, abundante, deliciosa. El carnicero frunció el ceño y sin comentar nada le entregó el lomo envuelto en papel y dentro de una bolsa. Cuando el perro soltó su primer gruñido, Conrado le arrojó, por encima del alambrado, una libra de carne. Del perro no supo nada más. El jardín de las señoritas Giraldo le ofreció sin resistencia un par de astromelias y una orquídea hermosa. Tomó dos astromelias porque había muchas, solo por prevención. Esta vez huyó corriendo. Sintió la tentación de dejar al perro la otra libra de carne, como un gesto de agradecimiento, pero entre las prisas de la huída y el sonido de sus propias tripas decidió, sin dudarlo mucho, que al llegar a casa celebraría su triunfo con un merecido banquete asado. El corazón se le quería salir del pecho, pero no era por el temor a ser atrapado ni por haber cubierto la distancia a casa en tan poco tiempo. Era la emoción. Cambió las flores a un jarrón y contó, lleno de felicidad: seis. Los colores lo embelezaban y los aromas mezclados lo transportaban, pero más podía su ansia de ella, la posibilidad, la casi certeza. Una más, se dijo, una más y será mía. La tarea había resultado mucho más fácil de lo esperado. En tan solo dos días había recolectado seis flores en una época del año en que, en el campo, solo habría encontrado rosas y margaritas. Conrado no durmió esa noche, pero esta vez no le importó. Al amanecer ya tenía claro en donde encontraría la flor faltante y esta vez, creía estar convencido, no tendría que robarla, sin duda se la regalarían.

III
-El zapatero está aquí. Gritó una de las monjas. -¿Quién? Respondió una voz desde el interior del convento. -El zapatero, gritó nuevamente la monja que le había abierto la puerta. La entrada se fue llenando de hábitos blancos y voces femeninas. Novicias y monjas se fueron agolpando en la medida en que el rumor sobre aquel zapatero generoso llegó hasta el último rincón del convento. Conrado se sentía triunfante. Sobre su espalda cargaba un bulto lleno de zapatos nuevos. -Son para los niños pobres. Dijo él tratando de ocultar el sentimiento de culpa que le generaba su interés oculto. Las monjas lo abrazaron y le besaron las manos, bendiciendo su trabajo, su corazón y garantizándole su lugar en el cielo. En eso no se equivocaban, Conrado estaba cerca del cielo, lo podía tocar con la punta de sus dedos y alcanzaba a oír melodías angelicales. Después del alboroto y de aceptar una limonada, aunque aún de pié en la entrada, Conrado se atrevió a pedir que le dejaran ver el jardín. - Siempre he querido ver su jardín. Todos en el pueblo hablan de él. Mintió sin remordimiento. Se cruzaron miradas entre las monjas pero rápidamente accedieron a semejante petición tan simple de aquel hombre desinteresado. Camino al jardín, entre pasillos amplios y puertas cerradas, Conrado quería saltar. Planeaba ese mismo día llevar las siete flores a su amada. Se encontraba a tan solo horas de ser el hombre más feliz del planeta. Pero su sonrisa se desvaneció tan rápido como lo hace una mosca ante el menor movimiento. El jardín rebosaba de rosas y margaritas. - Solo rosas y margaritas, susurró. - También tenemos orquídeas, respondió emocionada una novicia. Él la miró sin esconder su desconcierto. Cuando dijo gracias es probable que nadie le haya escuchado. Conrado abandonó el convento conteniendo una lágrima que, como el vómito, saldría expulsada inevitablemente. Era un tropiezo inesperado. La euforia del día anterior había desaparecido y el hombre se sintió más pequeño, más viejo, más cansado. El desespero retomó su lugar tan conocido y familiar. Regresó a casa derrotado, agotado. La amargura se convirtió en desesperanza cuando notó que las seis flores estaban perdiendo su color. La rosa había dejado caer un pétalo y los tallos de las demás se comenzaban a doblar, sutil pero indudablemente. En un acto automático cambió el agua y recortó los tallos. Se recostó sobre su cama y durmió hasta el día siguiente. Cuando abrió los ojos lo primero que hizo fue revisar las flores. No las contó pero verificó que su estado no había empeorado. Sin tener un plan específico caminó hacia el pueblo. De pronto se vio en el medio del parque. Rosas y margaritas parecían burlarse de él, como los borrachos del bar, y la tentación de volver donde la bruja y contarle todo, en busca de algún tipo de indulgencia, lo capturó por unos instantes. Dejó que su mirada vagara, primero por la torre de la iglesia y luego por los techos de las casas. Las imágenes se hacían difusas mientras los ojos se cerraban lentamente; pero un destello, un disparo de color, un posible aroma lejano lo trajeron de vuelta a la realidad. La lluvia constante de aquel invierno había hecho que los techos de tejas de barro se convirtieran en superficies fértiles. Mechones de hierba crecían sobre cada casa, como siempre cada año. Pero en el techo de aquella casa, justo frente a él, pudo verla claramente. En medio del verdor de las puntas de hierba, una violeta se destacaba como una reina, preciosa, digna. Conrado lo consideró primero como un milagro, pero después como una recompensa. Sonrió y luego rió. Cuando cayó en la cuenta que se trataba de la casa del alcalde no se contuvo. Se acercó al umbral y golpeó la puerta, con decencia pero con firmeza. Nadie respondió. Insistió. Un nuevo plan se fraguaba en su mente. – He venido a limpiar su techo. Imaginaba Conrado que diría al alcalde o a su mujer. – No cobraré nada, es un regalo. La esperanza volvió a su corazón, pero nadie abrió la puerta. Las señoritas Giraldo, escoltadas por su odiosa mascota, regresaban de la misa y una de ellas, sin siquiera mirarlo, le dijo: el alcalde y su familia están de viaje. La semana entrante los podrá encontrar. El hombre no se dejó confundir. Su mente trabajó rápido. No hay problema, pensó. Esta noche treparé al tejado y tomaré la flor.

IV
Una escalera hubiera despertado muchas sospechas. Conrado esperó con paciencia y cuando la niebla invadió el parque, conciente de que nadie en su sano juicio estaría fuera a esas horas de la noche, analizó la fachada de la casa. Lo pensó por casi media hora hasta que descubrió la ruta perfecta para su escalada. Agarrándose al marco de una ventana se impulsó hacia arriba en donde un pequeño muro le sirvió de apoyo transitorio. Luego, con un esfuerzo sobrehumano alcanzó una celosía. Y luego otra, más arriba. Finalmente sus manos tocaron el borde del tejado. Sus dedos resbalaron porque el techo estaba húmedo y con musgo. Una canal de desagüe, que inicialmente le había parecido demasiado enclenque para soportar su peso, aguantó convenientemente. Ahora Conrado estaba extendido boca abajo sobre el techo. Su cuerpo resbalaba lenta pero peligrosamente. El musgo parecía jabón y solo los anclajes de las tejas le permitieron seguir subiendo. La hierba se le metía en los ojos pero su determinación era ya imparable. Aunque no podía siquiera sentarse y tampoco veía la flor, logró orientarse para llegar, aún a rastras, hasta ella. Con pies y manos Conrado se mantenía en el techo. Se apuntaló lo suficiente como para liberar una mano y entonces la estiró hacia aquella violeta esquiva. Lo consideró una prueba digna de su amor. Agarró el tallo entre sus dedos y con la delicadeza que le permitía su comprometida situación la arrancó. Casi lloró de emoción, ahora solo era cuestión de dejarse resbalar, despacio, hasta el borde del tejado; luego se colgaría del mismo y saltaría hasta el piso. Pero algo salió mal. Algo que Conrado no pudo controlar. Algo que nadie nunca sabrá porque solo Conrado lo vivió.

Esa mañana, por primera vez en semanas, no llovió. Un sol picante abrasaba al pueblo. El corrillo de curiosos no paraba de hablar. Un ladrón, susurró un hombre a su vecino. Cuando la policía llegó el círculo humano le abrió paso. Una mujer desde su balcón, abrazaba a su hija, una hermosa joven, de ojos grandes y expresivos que no podían apartarse de aquello que yacía en el piso. Un policía se arrodilló para dar vuelta al cuerpo. La mujer del balcón pudo ver, pegada a la suela de su bota militar, como un tatuaje impreso, una violeta deforme y sucia. Entonces apretó el hombro de su hija y sin decir nada la obligó a dar media vuelta. Cerró la ventana mientras sus labios delgados, rojos pero sin maquillaje, dejaron ver un colmillo amarillento, montado sobre los otros dientes en un tic que le levantaba la comisura. En silencio observó como su hija se quitaba el sombrero blanco y lo guardaba en un cajón.

(Nota: este texto está debidamente registrado en la Dirección Nacional de Derechos de Autor)

jueves, 7 de mayo de 2009

Aprendiendo de Renata

“…y así es entonces posible conquistar a una mujer”. Renata finalizó su quinta sesión con una sonrisa. Después de las dificultades iniciales los encuentros se habían formalizado. Asistíamos con regularidad y aunque algunos fueron desertando, tal vez por considerar lejano el sueño de aprovechar sus enseñanzas, la mayoría continuábamos dichosos a su lado.

Me senté frente a un espejo en donde podía ver mi reflejo en su totalidad. Enderecé la espalda, incliné la cabeza un poco, tal cual ella nos los mostraba en clase, y levanté una ceja; me costó un poco de trabajo dejar la otra en su lugar, pero el rostro que veía me llamaba la atención. Luego, comencé a susurrar, siguiendo sus consejos. ¡Me oía a mí mismo tan bien, tan seductor, tan capaz! Pero al escuchar mi voz reproducida por la vieja grabadora, fiel a otra sugerencia de Renata, el susurro parecía más un insecto grotesco revoloteando o el producto de una indigestión de gran magnitud. No me desanimé, seguí practicando hasta la madrugada y aunque no logré emitir el sonido perfecto, me rendí al sueño satisfecho y esperanzado.

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